Se le llama microbiota intestinal a la comunidad de bacterias hospedadas en el organismo humano, residentes mayormente en los intestinos, las cuales aportan 10 veces más células que las que constituye el organismo humano, evidenciándose más de 2 mil especies y 100 trillones de microorganismos (1,2,3,4,5).

Existe un equilibrio entre las poblaciones de bacterias dominantes y aquellas subdominantes y cuando este equilibrio es adecuado la microbiota intestinal actúa como una barrera que impide la multiplicación de patógenos y el desarrollo de patologías gastrointestinales (4,6).

Al momento de nacer el intestino humano es estéril y se coloniza completamente durante el primer año de vida (1,6). El tipo de parto, la lactancia materna y el genoma del huésped son factores que modulan la composición de la microbiota intestinal, también factores como el uso de antibióticos, la dieta, el estrés, la enfermedad, impactan en forma considerable en este equilibrio, disminuyendo las poblaciones de bacterias benéficas al ser humano y favoreciendo la emergencia de bacterias patógenos oportunistas (1,4,6).

La alteración en la microbiota intestinal, lo que se conoce como disbiosis, puede conducir a diferentes enfermedades como enfermedad inflamatoria del intestino, obesidad, diabetes mellitus tipo 2, cáncer y el síndrome del intestino irritable, úlceras gástricas, hígado graso, síndrome metabólico, asma, hipertensión, diarreas, constipación, cambios de ánimo y comportamiento, esto por medio de la señalización hormonal (6). 

Específicamente en relación con las enfermedades crónicas no transmisibles, existe mucha evidencia que indica que la alteración de este equilibrio está asociada al desarrollo de obesidad, diabetes mellitus tipo 2, resistencia a la insulina, enfermedad cardiovascular y la fisiología del intestino (5).

Se ha observado que la composición de la microbiota intestinal en un individuo puede determinar una mayor o menor eficacia en la extracción de la energía de la dieta, así como una mayor o menor tendencia a depositar el exceso de energía como tejido adiposo (1).

Estudios en ratones identificaron cambios en las poblaciones de bacterias en relación con el su peso, así encontraron que los ratones obesos tienen un 50% menos de Bacteroidetes y un incremento semejante de Firmicutes en comparación con ratones normopeso. Igualmente se demostró que personas obesas tenían niveles más bajos de Bacteroidetes y más altos de Firmicutes en relación con los individuos normales (3).

En otros estudios se colonizaron ratas delgadas con microbiota de ratas obesas, resultando que en 2 semanas las primeras tuvieran un aumento moderado de la grasa y del peso. Concluyendo que la mayor eficacia en la extracción calórica de la dieta puede estar determinada por la composición de la microbiota intestinal y que ello puede contribuir a una diferencia en el peso corporal (3,4,6).

En estudios similares, se observó un aumento de un 60% del tejido adiposo en los en los ratones delgados, además desarrollaron insulino resistencia (7,8).

Se ha propuesto que los cambios en la microbiota intestinal se deben a la mayor cantidad de grasa que llega al colon. Al estudiar en ratas que la dieta alta en grasa disminuye los Bacteroides y aumenta correlativamente los Firmicutes, independientemente si los animales eran obesos o no. Esto sugiere que es el contenido de la grasa de la dieta el factor determinante en los cambios de la microbiota intestinal (4).

Estudios del contenido fecal de 12 sujetos normopeso y 9 obesos, después de haber consumido una dieta normocalórica, y después de consumir una dieta hipercalórica y demostraron que cambios en la dieta inducen a cambios rápidos en la composición bacterial de la microbiota. Dichos cambios son asociados directamente con la pérdida de energía por medio de las heces en individuos normopeso, y al aumento de la energía absorbida en aproximadamente 150 kcal (9).

Debido a los estudios anteriores es que se han realizado estrategias dietéticas destinadas a modular la composición de la microbiota intestinal como medio para controlar los trastornos metabólicos de forma más eficaz. La mayoría de los estudios al respecto se basan en la administración de probióticos y prebióticos (1,5,6).

El uso de probióticos se ha asociado con una mayor concentración de bacterias benéficas, lo cual podría disminuir el desarrollo de la obesidad y resistencia a la insulina (1). Siendo las bifidobacterias y los lactobacillus los más comunmente utilizados en tratamientos nutricionales (7).

Estudios en ratas demuestran que una dieta con 10% de oligofructosa disminuía el consumo de alimentos y la masa grasa después de 3 semanas (1).

Por otra parte, los prebióticos como la inulina y la oligofructosa también aumentan el número de bacterias beneficiosas (1) y resulta en una mejora de la diabetes (4,7).

En humanos se ha encontrado que la Lactobacillus se ha relacionado con una disminución en la endotoxinemia (5), y que al recibir 16g de prebiótico diariamente por 2 semanas se asoció con efectos de la disminución de sensación de hambre y la baja postpandrial de la glicemia (4).

También el consumo de fibra dietética puede ayudar a perder energía en las heces, estudios demuestran que adultos que consumen dietas altas en fibra dietética muestran mayores pérdidas de energía en las heces en comparación con individuos que consumen dietas bajas en fibra dietética, aun cuando el contenido calórico dietario es equivalente (9).

Conclusiones

  • Estudios realizados en las últimas décadas indican que la microbiota es un actor importante en la regulación del metabolismo energético del organismo. Además de rescatar energía en el colon, participa en el almacenamiento de grasa en los adipositos (1).
  • La microbiota intestinal en personas y animales obesos está alterada, en comparación con individuos normopeso, lo que podría explicar su mayor eficiencia en la extracción de energía a partir de los alimentos (3,4,6).
  • El contenido de la grasa en la dieta también es un factor que altera la composición de la microbiota intestinal, y facilita la aparición de la resistencia a la insulina (1,4).
  • El consumo de probióticos y prebióticos podría ayudar a mantener el equilibrio de la microbiota intestinal, previniendo alteraciones antes descritas y estimulando mecanismos implicados en la sensación de saciedad (1,6,8).
  • El consumo de fibra dietética puede ayudar a perder energía en las heces, ayudando al tratamiento y prevención de la Obesidad (9).

 

Bibliografía

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